•El mediocre nace cansado y vive para descansar.
•El mediocre descansa de día para que pueda dormir de noche.
•Si el mediocre ve a alguien descansando, de inmediato lo apoya y lo ayuda.
•El mediocre sabe que si está en conflicto la fiesta y las copas con el trabajo, está dispuesto a abandonar el trabajo.
•Para quien es mediocre el trabajo es sagrado, por eso no lo toca.
•El mediocre evade las tareas y siempre está buscando que su labor la realice otro.
•El mediocre tiene presente que nadie se muere por descansar.
•El mediocre deja siempre para mañana lo que debe hacer hoy.
•El mediocre se dice a sí mismo: "Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos".
•Cuando el mediocre siente deseos de trabajar se busca un lugar tranquilo y espera pacientemente que esos deseos se le pasen.
En cambio
•El ser excelente saluda al nuevo día con mil proyectos por realizar.
•El ser excelente sabe que para disfrutar el descanso debe terminar el día sin gota de energía.
•El ser excelente disfruta la noche después de un largo día luchando por alcanzar estrellas.
•El ser excelente reta a quienes le rodean a luchar.
•El ser excelente renuncia a todo aquello que obstaculiza sus sueños.
•Para el ser excelente el trabajo significa el medio para alcanzar todo lo que desea.
•El ser excelente arrebata tareas y como líder va siempre adelante.
•El ser excelente está consciente de que son tiempos de construir y que ya tendrá tiempo en la eternidad para descansar en paz.
•Para el ser excelente el día es corto, por todo lo que tiene por realizar.
•Para el ser excelente la peor enfermedad es sentirse inútil.
•El ser excelente sabe que en sus deseos está la dimensión de sus realizaciones.
•El ser excelente hace todo aquello que el mediocre no sería capaz de realizar y está convencido que solamente a través de su entrega incondicional y generosa el mundo puede mejorar, es protagonista del cambio, es el arquitecto social de su tiempo, el ser excelente es por supuesto un triunfador.
Migel Angel Cornejo
El primer propósito de este blog, es sembrar una semilla de aliento y de motivación en el corazón de muchas personas que no consiguen todavía montarse en el tren del progreso y la felicidad. El segundo propósito es compartir el gusto por la moda y las reflexiones sobre tendencias, productos y temas de belleza y salud. Los invito a embarcarse conmigo en el tren Reflexiones para aprender a Vivir, para alcanzar nuestros propósitos. Si se puede nunca es tarde. Bienvenidos a este viaje mis amores.
domingo, 15 de enero de 2012
El AnilloUn joven discípulo fue a ver a su querido Maestro. - Vengo, Maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El Maestro, sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...- Y haciendo una pausa, agregó - si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después, tal vez, te pueda ayudar. Eeee...encantado, Maestro - titubeó el discípulo, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. Bien, asintió el Maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allá fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El discípulo tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía con el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y sólo un viejito fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para darla a cambio de un anillo. Con el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el discípulo tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al Maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Al llegar, dijo: -Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste...quizá pueda conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo. - Qué importante lo que dijiste, joven amigo - contestó sonriente el Maestro -. Primero debemos conocer el valor del anillo. Vuelve a montar y ve al joyero. Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven discípulo volvió a cabalgar y llegó a la casa del joyero. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: - Dile al Maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo. - ¡¡¡¡¡¡¡58 monedas!!!!!!!! - Exclamó el joven. - Sí - replicó el joyero - sé que con más tiempo podríamos obtener hasta 70 monedas, pero si la venta es urgente...ahora no puedo ofrecer más. El joven corrió a toda velocidad con su caballo y entró emocionado a casa del Maestro, a contarle lo acontecido. - Siéntate muchacho - convino el Maestro tras escuchar su historia - Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede apreciarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? . Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en su dedo pequeño. Todos debemos considerarnos como este anillo del que habla el relato: únicos y valiosos. Pero muchas veces caminamos en nuestras vidas pretendiendo que gente a la que no importamos ni nos valora nos juzgue por su rasero, nos infravalore. Sigamos esforzándonos día a día, puliendo y sacando brillo a ese anillo que podemos llegar a ser, intentando descubrir nuevos brillos para futuras oportunidades.
Un joven discípulo fue a ver a su querido Maestro.
- Vengo, Maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El Maestro, sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...- Y haciendo una pausa, agregó - si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después, tal vez, te pueda ayudar.
Eeee...encantado, Maestro - titubeó el discípulo, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
Bien, asintió el Maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allá fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El discípulo tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía con el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y sólo un viejito fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para darla a cambio de un anillo.
Con el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el discípulo tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al Maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Al llegar, dijo:
-Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste...quizá pueda conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.
- Qué importante lo que dijiste, joven amigo - contestó sonriente el Maestro -. Primero debemos conocer el valor del anillo. Vuelve a montar y ve al joyero. Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven discípulo volvió a cabalgar y llegó a la casa del joyero.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: - Dile al Maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo.
- ¡¡¡¡¡¡¡58 monedas!!!!!!!! - Exclamó el joven.
- Sí - replicó el joyero - sé que con más tiempo podríamos obtener hasta 70 monedas, pero si la venta es urgente...ahora no puedo ofrecer más.
El joven corrió a toda velocidad con su caballo y entró emocionado a casa del Maestro, a contarle lo acontecido.
- Siéntate muchacho - convino el Maestro tras escuchar su historia - Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede apreciarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? . Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en su dedo pequeño.
Todos debemos considerarnos como este anillo del que habla el relato: únicos y valiosos. Pero muchas veces caminamos en nuestras vidas pretendiendo que gente a la que no importamos ni nos valora nos juzgue por su rasero, nos infravalore.
Sigamos esforzándonos día a día, puliendo y sacando brillo a ese anillo que podemos llegar a ser, intentando descubrir nuevos brillos para futuras oportunidades.
- Vengo, Maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El Maestro, sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...- Y haciendo una pausa, agregó - si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después, tal vez, te pueda ayudar.
Eeee...encantado, Maestro - titubeó el discípulo, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
Bien, asintió el Maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allá fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El discípulo tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía con el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y sólo un viejito fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para darla a cambio de un anillo.
Con el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el discípulo tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al Maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Al llegar, dijo:
-Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste...quizá pueda conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.
- Qué importante lo que dijiste, joven amigo - contestó sonriente el Maestro -. Primero debemos conocer el valor del anillo. Vuelve a montar y ve al joyero. Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven discípulo volvió a cabalgar y llegó a la casa del joyero.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: - Dile al Maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo.
- ¡¡¡¡¡¡¡58 monedas!!!!!!!! - Exclamó el joven.
- Sí - replicó el joyero - sé que con más tiempo podríamos obtener hasta 70 monedas, pero si la venta es urgente...ahora no puedo ofrecer más.
El joven corrió a toda velocidad con su caballo y entró emocionado a casa del Maestro, a contarle lo acontecido.
- Siéntate muchacho - convino el Maestro tras escuchar su historia - Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede apreciarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? . Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en su dedo pequeño.
Todos debemos considerarnos como este anillo del que habla el relato: únicos y valiosos. Pero muchas veces caminamos en nuestras vidas pretendiendo que gente a la que no importamos ni nos valora nos juzgue por su rasero, nos infravalore.
Sigamos esforzándonos día a día, puliendo y sacando brillo a ese anillo que podemos llegar a ser, intentando descubrir nuevos brillos para futuras oportunidades.
Apasionate...!
Apasiónate definitivamente por tu SUEÑO.
El sueño de nadie más debe ser más apasionante que el tuyo.
Apasiónate por tu TALENTO.
Aunque te critiquen e insistan o escojan para ti realizar otras cosas, más "convenientes"
Apasiónate más por el VIAJE que por la llegada a tu destino el primero está garantizado ...
Apasiónate por tu CUERPO
Aunque esté fuera de forma, pues de “cualquier manera" él es la única cosa que realmente posees.
Desapasiónate de tus miedos... Ellos minan tu alegría de vivir.
Apasiónate por tus RECUERDOS más memorables.
Nadie podrá sacarlos de tu memoria ellos son excelentes fuentes de inspiración en momentos de dolor.
Apasiónate por aquellas “TONTERIAS SALUDABLES” que pasan por tu mente entre uno y otro momento de estrés.
¡Ellas ayudan a sobrevivir!
Apasiónate por el SOL, él es fiel, gratuito, y está completamente disponible a darte su calor.
Apasiónate por ALGUIEN, no esperes a que alguien se apasione antes por ti, sólo por comodidad y seguridad.
Apasiónate por tu PROYECTO DE VIDA, créelo, no hagas esto de dos, es sólo tuyo.
Apasiónate por el BAILE DE LA VIDA que está siempre en movimiento dentro de la gente, sólo que, por temor no terminamos de aprisionarlo dentro de nosotros.
Apasiónate más por el SIGNIFICADO de las cosas que quieres conquistar, más que por su valor material.
Apasiónate por tus IDEAS, aunque te hayan dicho que ellas no sirven para nada.
Apasiónate por tus FORTALEZAS, aunque tus debilidades insistan en quedar fijas en tu memoria
Apasiónate por la IDEA de ser verdaderamente FELIZ.
La felicidad se encuentra de sobra en las minas de tus recursos interiores.
Apasiónate por la música que puedes ser para alguien...
Apasiónate por SER HUMANO!
¡Apasiónate definitivamente por TÍ!
¡APASIONATE RÁPIDO! EL PODER DE DECISIÓN SÓLO TE PERTENCE A TÍ!
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